La historia del fanzine sea quizá de esas historias que nunca están del todo claras. ¿Nació en el Movimiento Punk? ¿O fue en el Movimiento Feminista? ¿Era una forma de divulgación de la escena musical o de visibilización de problemáticas? ¿Y antes? ¿No surgió acaso como actividad panfletaria? ¿O fueron l*s poetas que por fuera de la hegemonía editorial iniciaron esta actividad de producción colectiva, independiente y autogestiva como herramienta para dar a conocer su trabajo? 

Lo que sí sabemos, es que de unos años hasta acá el auge de la autoedición dio lugar a diversidad de creador*s a generar sus propias redes de producción, gestando y gestionando ferias, encuentros, jornadas e incluso espacios en museos. Y es dentro de este auge que el fanzine empezó a cruzar líneas, a sentirse difuso respecto a sus inicios, a cuestionarse. Ilustrador*s, fotógraf*s, poetas y escritor*s se apropiaron del formato y lo reinventaron, lo reestructuraron, lo reeditaron.

Recuerdo con claridad el día que, perdida en Berlín, decidí visitar el Schwules Museum. La exhibición de ese momento se titulaba ‘Homosexuality_es’ y presentaba una abundancia de materias, formatos y medios que ofrecían una perspectiva pública sobre la historia de los colectivos LGBT. La exhibición en sí se componía de videos, fotografías, panfletos y hasta una carta manuscrita por el autor Karl Maria Kertbeny, quien en la misma hacía referencia por primera vez al uso de términos homosexuales y heterosexuales. Ilustrando entonces esta exposición, entre otras cosas, los esfuerzos de la época por diagnosticar y “curar” las “desviaciones” sexuales y de género.

Recorrí el museo maravillada por la capacidad de los archivos, hasta que en una de las salas y dispersos por las paredes de la misma, había fanzines. Cómo no, se me encendió (o incendió) el cuerpo y me pasé largo rato atendiendo a éstos, sus imágenes y sus textos, que a pesar de estar escritos en un idioma que desconozco, tenían la magia de la escritura a mano o el collage que siempre y sobretodo saben dar cuenta de las intensidades.

Pensar en fanzines o incluso hablar de ellos hoy en día parece tarea fácil. Están en todos lados: conciertos, ferias autogestivas, librerías underground e incluso en pequeñas bateas ubicadas en las grandes librerías, en las tiendas de diseño, en las trastiendas de las galerías y hasta en el museo. ¿Pero cómo es editar fanzines, asumir no sólo el rol de creador*s sino de editor*s, distribuidor*s y gestor*s culturales? ¿Y si esos fanzines son, como los expuestos en el Schwules Museum, una crítica y una forma de visibilización de problemáticas?

Are you a cop or what? (Ayacow) es un proyecto que conocí en una terraza, una tarde de verano, en una feria que culminó en cena colectiva, intercambio de producciones y nuevos contactos.

Lo que me interpeló del proyecto fueron sus textos escritos a mano, los collages, las fotocopias. Todo eso me llevó directo al pasado, a los bares de ambiente punk, a las noches y conciertos de canciones tristes con melodías felices, a la expresión impulsiva -y decisiva- de aquell*s que no hacíamos música pero escribíamos o ilustrábamos. Y estábamos urgentes.

Ayacow nos habla de que “el cuidado de nosotrs misms es el cuidado de la manada”, que “la realidad es una fisura en nuestros prejuicios” y que -por favor- “no me hables de las leyes, seguimos viviendo en la selva”. Sus fanzines son de formas variadas: pequeños, grandes, escritos a mano, tipeados a máquina u ordenador; impresos, digitalizados, grapados o encuadernados. Siguen una forma y una puede reconocerlos, quizá ordenarlos, cronológicamente, por etapas, por caminos recorridos. Sin embargo lo más pregnante de su producción no se basa como en muchos otros casos en la estética y el gustito que sólo entra por los ojos. Los fanzines de Are you a cop or what? interpelan. Cuando una los lee -visual y textualmente- no puede mirar a un costado y seguir sintiendo como antes. Sus textos y collages gritan y susurran acerca de la infancia, la familia y la escolaridad como domesticación; nombran los vínculos, el poder, la influencia de los medios, el adoctrinamiento, la(s) sexualidad(es), las frustraciones, las amistades, el amor y el odio. El odio y el amor.

Fanzines que relatan historia y construyen memoria. Futuros archivos de una época y una vivencia colectiva donde la heterosexualidad sigue siendo obligatoria y la disidencia, un espacio de resistencia.

“¿Por qué cualquier acto que en los setenta narrase la experiencia viva de las mujeres sólo se ha leído bajo las etiquetas de “colectivo” y “feminista”? Los dadaístas de Zúrich también trabajaban juntos pero eran genios y tenían nombres.”

Así como Crhis Kraus se pregunta, en I Love Dick, su novela publicada en 1997, reeditada en 2013 y llevada a las pantallas en formato de serie corta en 2017, sobre aquello que no se nombra, al ver las obras de Lucía Reissig yo misma me cuestiono sobre el accionar individual como puerta de acceso a lo colectivo. ¿Puede una artista con nombre y apellido —o seudónimo según sea el caso- hacer uso de su voz para manifestar a todo un colectivo?

Reissig trabaja a tiempo completo, con materialidades y herramientas diversas. Hace uso de la fotografía, la pintura, la intervención, la performance. Una puede seguirla en su cuenta de Instagram y percibir como construye su obra en el día a día registrando aquello que, fuera de su estudio, es su trabajo. Ese trabajo que forma su economía y que muchas mujeres realizan de manera invisible. Toma fotografías del antes y el después. En sus imágenes vemos el lavamanos de un baño con pelos que pueden ser los restos de un recorte de barba, las manchas de jabón pegadas sobre la loza, una mesada repleta de utensilios de cocina, sucios, abandonados. Posteriormente Lucía nos muestra una imagen del orden y la limpieza. Acto seguido hace público un regalo que recibe, una remera con una inscripción bordada: “No fue magia, fue la fuerza de mi trabajo”.

En la obra de Lucía Reissig se visibilizan temáticas que a mi parecer parten de un accionar autobiográfico pero que se encuentran directamente relacionadas al colectivo feminista. Con sólo entrar a su web y leer los títulos de éstas, una se siente interpelada por lo cotidiano del lenguaje: “platos”, “cajas”, “bolsa”, “familia de origen”, “ni una menos”, “skin”. Y por qué no, “sin título”.

En su última muestra “El trabajo invisible”, Selva Negra Galería, Lucía insiste -y a mi parecer acierta- en seguir creando a partir de la vivencia como mujer, artista y trabajadora. Tomando como eje las herramientas de su trabajo como empleada doméstica, expone en marcos, sobre paredes y columnas espejadas, de manera escultórica y con intervenciones como el bordado. Muestra los restos, el después, lo que se deja en la basura.

Sus trapos sobre columnas espejadas son el reflejo del trabajo, de lo invisible, lo que no se nombra. Son el reflejo de un género y una clase. Y esto responde, para mí, la pregunta del inicio.